A 60 años del 23 de enero Venezuela clama por un proyecto nacional

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Para garantizar que el derrocamiento del dictador Marcos Pérez Jiménez fuese exitoso se logró un acuerdo nacional entre representantes de tres tendencias políticas, conocido como el Pacto de Punto Fijo, para una gestión que levantara el país de la crisis y encaminarlo hacia esa modernidad, y que sobrepasara las posturas ideológicas de cada uno

Por Carlos David Carrasco Muro                                                                                                    @CarlosDMuro

 En 23 de enero de 1958 los venezolanos derrocamos la temible dictadura de Marcos Pérez Jiménez, iniciando nuevamente el camino hacia la democracia, que 10 años antes se había interrumpido por el ensimismado yugo militar.

Para evitar el peligro de una nueva asonada, la clase política de aquella época, de la mano de Rómulo Betancourt, Rafael Caldera y Jóvito Villalba, plantearon un acuerdo que sustentaba las bases de un proyecto nacional, de un nuevo modelo de país, cuyo ideal transcendiera las posturas ideológicas de cada uno.

Estos dirigentes recibieron un país endeudado, bañado de la sangre de cientos jóvenes que sufrieron las torturas y la isla de Guasina (en el Delta del Orinoco) como sinónimo de terror. La sociedad no gozaba de libertades políticas y la dramática migración del campo a las ciudades mermaba los servicios públicos. Sin embargo, se pudo lograr un acuerdo mínimo de gestión, conocido como el Pacto de Punto Fijo, para levantar el país de la crisis y encaminarla hacia esa modernidad que desde los tiempos de la publicación de Doña Bárbara (1929), de Rómulo Gallegos, se exigía.

Luego 60 años de ese acontecimiento, Venezuela atraviesa un régimen autoritario con pocas libertades políticas, una severa crisis económica y un profundo deterioro social. Todo bajo la mirada cómplice de una cúpula militar, nuevamente ensimismada.

El modelo presentado por Hugo Chávez, que intentó sustituir el proyecto del Pacto de Punto Fijo, se agotó. Pero los opositores al socialismo del siglo XXI no presentan un plan alternativo. Salvando las diferencias socio-históricas, la sociedad venezolana se encuentra nuevamente ante una encrucijada, ante una falta de dirección que hace peligrar la estabilidad de la nación.

A pesar de la profunda crisis que atenta contra la propia supervivencia de Venezuela como Estado no se evidencian manifestaciones claras que indiquen el ofrecimiento de un nuevo modelo, cuyo alcance vaya más allá de los intereses particulares de cada partido político. Ese sentido de trascendencia de épocas anteriores no está presente en el discurso político actual.

Existe la necesidad imperante de crear un proyecto de país que pueda elevarse por encima de los actores políticos, se requiere un plan que pueda representar a todos los sectores de la sociedad venezolana.

Mientras estas necesidades de dirección no se vean materializadas en el debate político adverso al régimen de Nicolás Maduro, la mejor respuesta de los ciudadanos comprometidos con Venezuela sigue siendo la misma que planteó Rómulo Gallegos hace casi 9 décadas y que la clase dirigente de hace 60 años reafirmó: que la educación y sus instituciones sean las herramientas para la transformación del país, que la política pueda ser un ejercicio pedagógico colectivo.

Un ejemplo de eso se puede evidenciar en iniciativas como Reto País de la Universidad Católica Andrés Bello; los 7 consensos del think tank de La Venezuela que Queremos Todos; el libro La Venezuela Energética, de Leopoldo López y Gustavo Baquero;  así como las iniciativas creadas en Harvard University para repensar el país por parte del economista, Ricardo Hausman.

Pero la tarea no solo es de la academia o de los políticos, sino de cada venezolano fuera y dentro del país, que a través de su trabajo y constancia puede aportar soluciones útiles para la recuperación de la democracia venezolana. Por su parte, los dirigentes políticos deben empezar a observar el inmenso trabajo que realizan asociaciones civiles, fundaciones e iniciativas privadas, que ante la decidía del Estado se plantean todos los días nuevos modelos de gestión para salir adelante.

Si realmente existe una voluntad legítima en cada uno de nosotros como seres humanos y venezolanos por hallar una solución al agónico sufrimiento que padecemos, el primer paso debería ser la respuesta a una simple pero transcendental pregunta: ¿Qué país queremos ser? Empecemos hoy y conquistemos la libertad y el bienestar que nos merecemos.

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