Por sus palabras padre Jorge, no se olvide de Venezuela

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Chile y Perú recibirán este 2018 al papa Francisco. Un joven venezolano aprovecha la visita del sumo pontífice a América Latina para dirigirle una carta en la que le pide que atienda el caso Venezuela y escuche la voz del pueblo que deposita en él su confianza de manera que los gobernantes retomen el camino de la democracia

Carlos David Carrasco Muro                                                                                                               @CarlosDMuro

Representante de Venezuela para la Red Latinoamericana de Gobernabilidad

El papa Francisco inicia el año 2018 con una nueva gira por América Latina, esta vez a Chile y Perú. Esta visita está marcada por un año de cambios políticos en la región. Se esperan por lo menos seis elecciones presidenciales, así como un cambio de jefatura en el régimen cubano. Sin embargo, una constante que parece extenderse para este año es la crisis en Venezuela y las consecuencias que se empiezan a sentir en Latinoamérica especialmente por la diáspora.

En función de esa realidad y entendiendo la importancia del papa Francisco para lograr acuerdos que conlleven a la paz y la estabilidad de América Latina considero oportuno dirigirle una breve carta con el fin de que el sumo pontífice y sus allegados conozcan el sentir de un venezolano común que escribe entre la desesperación y la esperanza:

“Padre Jorge, esta carta la escribo con la más profunda admiración y respeto como joven, católico y latinoamericano. El atrevimiento de escribirle no es por un capricho pasajero o una provocación lóbrega. Se trata de un ejercicio de discernimiento desde la posición del simple ciudadano que solo es capaz de representarse a sí mismo en un contexto colectivo en decadencia llamado Venezuela.

Hay una frase de la Laudato si’ (segunda encíclica del papa Francisco) que permito citar para justificar esta aventura de palabras: “Los jóvenes nos reclaman un cambio. Ellos se preguntan cómo es posible que se pretenda construir un futuro mejor sin pensar en la crisis del ambiente y en los sufrimientos de los excluidos”. Yo como joven y excluido hoy reclamo un cambio que pasa por una transformación política y la solidaridad internacional activa que conlleven a hallar verdaderas soluciones para la gente de mi país.

Padre Jorge, una emergencia humanitaria asola a Venezuela. Si usted atravesara una noche por cualquiera de sus ciudades la imagen que se llevaría sería impresionante. Niños de 4 años palúdicos, flacos y con miradas pérdidas pidiendo algún bocado de pan, mientras sus padres pueden estar haciendo una fila incierta en una tienda de comida para comprar sobras. Hoy en Venezuela no importa si se tiene gripe, una fractura o cáncer. La crisis en este punto condena a cualquier persona que padezca una enfermedad así no sea mortal. Mientras escribo esto no sé con seguridad qué comeré mañana al despertar, cada día que pasa hay menos alimentos. ¿Sabe usted qué se siente despertar en una comunidad en deterioro constante, con gente muriendo por hambre y otros huyendo por cualquier frontera. Los barrios quedan desiertos. El futuro de las familias se va con cada segundo que pasa.

Seguramente esto que escribo usted debe conocerlo bien por informes diplomáticos y reseñas en los medios de comunicación. Pero también el Laudato sí’ dice: “Los medios actuales permiten que nos comuniquemos y que compartamos conocimientos y afectos. Sin embargo, a veces también nos impiden tomar contacto directo con la angustia, con el temblor, con la alegría del otro y con la complejidad de su experiencia personal”. Quizás también por eso me tomo esta molestia de escribirle. Con la esperanza, un poco infantil de transmitir esa complejidad, esa vivencia que va más allá de cualquier conjetura de tecnócratas y líderes de opinión mundial sobre la situación que atravesamos en Venezuela.

Sinceramente. En este punto, la política como espacio de encuentro; las instituciones como mecanismo de ayuda social; la prensa como expresión ciudadana; y los discursos de dirigentes nacionales o extranjeros están alejados del padecer y los sacrificios que los venezolanos vivimos con un saldo cada vez mayor de muertos.

Cuanto usted llegó al Vaticano, padre Jorge, deposité mi esperanza en un cambio en la Iglesia Católica. Esperaba una actitud más firme hacia aquellos sistemas que atentan contra la dignidad humana y estimulan los conflictos entre ciudadanos. Sin embargo, sabía que eso podía tardar. Después de todo si nos vamos a los principios básicos de la Iglesia latinoamericana: “Ver, juzgar y actuar”. Entendía que primero debía conocer la realidad del contexto venezolano con sus múltiples visiones para así tomar alguna postura y posterior acción.

El tiempo pasó y reconozco su coraje de abordar el tema de Venezuela de forma oportuna. No obstante, en una nación de excluidos, presos y exiliados, el tiempo no se puede desperdiciar. Cada minuto se pierde o se salva una vida. A veces pareciera que el tiempo diplomático o político no se corresponde con el tiempo de la gente común, cosa irónica porque se supone que los líderes son reconocidos como tales por trabajar al servicio de los demás.

Estoy seguro que sabe por qué digo esto. Los ensayos o intentos de diálogo en Venezuela no solo fracasaron en varias oportunidades, sino que en ese tiempo se perdieron vidas por falta de acuerdo y reconocimiento. Resulta triste y frustrante observar cómo los mecanismos más pacíficos y con menores costos para la población son rechazados por sus líderes. A pesar de estar respaldados por figuras como usted.

Ante eso. Creo que cabe la pregunta: ¿en qué se falló? Si me permite volver a citarlo. En el Laudato si’, usted comenta algo interesante sobre el relativismo: “La cultura del relativismo es la misma patología que empuja a una persona a aprovecharse de otra y a tratarla como mero objeto, obligándola a trabajos forzados o convirtiéndola en esclava a causa de una deuda”. Me parece que unas de las fallas al momento de abordar la crisis en Venezuela está relacionada con esa cultura del relativismo, ese práctica de no reconocer las cosas por su nombre. Esa idea de establecer cánones relativos para no molestar a las partes en conflicto. Si bien eso puede ser muy útil desde el punto de vista diplomático existe el peligro de construir imaginarios, construcciones sociales y soluciones que no se corresponden con la realidad.

Ahora se estará preguntando ¿qué es llamar a las cosas por su nombre? Luego de una persecución política prolongada por años, la violación sistemática de los derechos humanos y una devastación metódica de las instituciones públicas bajo el telón de fondo de una desnutrición general creo que no hay dudas de cómo calificar esto: Venezuela es una dictadura abierta, que mantiene a sus ciudadanos en condiciones de una emergencia humanitaria.

Comprendo que desde su posición como líder de los católicos asumir esto no es una tarea fácil, pero: “El conjunto de condiciones de la vida social que hacen posible a las asociaciones y a cada uno de sus miembros el logro más pleno y más fácil de la propia perfección” no existe hoy en Venezuela. Si quiere ser fiel a sus palabras y a la ética social que profesa, basado en ese “bien común” deben cesar los relativismos y ser la voz que le diga a los opresores: “¡Ya basta!”.

América Latina es una región compleja que luego de mucho sacrificio sigue luchando y construyendo su propio futuro. En esta ocasión usted visita dos países que luego del ingente trabajo de generaciones de hombres y mujeres hoy disfrutan de una democracia, que a pesar de sus detalles mantienen un marco de respeto a los derechos humanos y al bienestar de sus ciudadanos. No en vano, esas naciones están repletas de compatriotas míos buscando un poco de futuro, que por causa de una dictadura Venezuela hoy no les ofrece. Pero sepa, padre Jorge, que América Latina no avanzará mientras el pueblo venezolano sufra.

Por favor, no deje de escuchar a las personas humildes de Venezuela que si bien pueden saber que el cambio político tardará en llegar depositan su esperanza en un líder como usted que pueda ser una voz que represente el sentir de un pueblo, que hoy no siente representación en nadie y necesita no solo comida, sino reconocimiento de sus derechos y libertad.

No quisiera despedirme de usted sin citar la frase de un Papa que, al igual que usted, atravesó un momento histórico difícil marcado por la guerra y el genocidio. Sin embargo, sus palabras me reconfortan. Espero que las suyas en esta nueva gira por América Latina también puedan hacerlo:

En toda convivencia humana bien ordenada y provechosa hay que establecer como fundamento el principio de que todo hombre es persona, esto es, naturaleza dotada de inteligencia y de libre albedrío y que, por tanto, el hombre tiene por sí mismo derechos y deberes que dimanan inmediatamente y al mismo tiempo de su propia naturaleza. Estos derechos y deberes son, por ello, universales e inviolables y no pueden renunciarse por ningún concepto

Pio XII en su mensaje de Navidad por radio, 1942

Padre Jorge, no renuncie a ser un defensor de la dignidad del hombre. Por sus palabras, no se olvide de Venezuela.

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