La vida antes de Internet

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Hace 20 años atrás no era fácil comunicarse, organizarse y encontrarse como ahora que estamos hiperconectados. Ante la falta de Internet y por ende de las redes sociales y los teléfonos inteligentes, íbamos a las casas de familiares y amigos a informar algún acontecimiento, enviábamos tarjetas por correo postal y se hacían en mimeógrafo o fotocopias comunicados que luego se pegaban en los autobuses para convocar a alguna marcha o evento

Marta Gaba                                                                                                                                  @martagaba

Hace unos años nos enterábamos de las cosas escuchando la radio, mirando los noticieros de los canales y leyendo las ediciones matutinas y vespertinas de los diarios. Desde que salía el periódico de la mañana hasta que llegaba a nuestras manos el de la tarde vivíamos en un limbo interrumpido solamente por las transmisiones de las emisoras AM. Las estaciones FM solo transmitían música. La televisión por cable llegó a nuestros hogares en los años noventa, de modo que solo teníamos los canales con sus noticieros del mediodía y de la noche. Incluso, no había canales de transmisión durante las 24 horas: lo hacían entre las 10:00 am y las 12:00 pm… y no todos.

Yendo a una época anterior, aquella en que los gobiernos militares se turnaban en el poder (por lo menos en Argentina, donde nací y resido) para enterarnos de lo que sucedía en el país muchos acudíamos a los radioaficionados o a las transmisiones de Radio Colonia, del vecino Uruguay.

Si sucedía algo en la ciudad de Rosario, por ejemplo, esa información tardaba en llegar a Buenos Aires. No había teléfonos celulares. Pocas personas tenían fax. Estamos hablando de mediados de los años ochenta, cuando Madonna cantaba “Like a Virgin” y Michael Jackson nos deslumbraba con su baile. Épocas de Soda Stereo (que yo escuchaba en cassette) y de Volver al Futuro en VHS, que alquilaba en el videoclub. Ya existía MTV, pero teníamos walkman en lugar de IPod.

Mi primera computadora la compré en 1993, una Compacq Presario supermoderna. Mi primer celular lo adquirí también ese mismo año. No tuve Internet en casa hasta 1999. Mark Zuckerberg y sus amigos crearon Facebook en 2004 y Twitter apareció en 2006.

¿Qué quiero decir con esto?

Que no era fácil comunicarse. Ahora estamos hiperconectados, pero unos años atrás (y no estoy hablando de cincuenta años, sino de veinte) no era tan simple estar en contacto, organizarse, encontrarse. ¿Cómo avisarle a un amigo que había una marcha de protesta organizada por el centro de estudiantes? ¿Cómo avisar a la familia que había nacido un bebé? ¿Cómo se enteraban que alguien se había graduado? ¿Cómo nos saludábamos para Navidad con personas que estaban lejos de nosotros? Muy sencillo: íbamos a sus casas; si tenían teléfono fijo los llamábamos; enviábamos tarjetas por correo postal comprando sobres y estampillas, y usando un buzón. Las circulares y comunicados se hacían en mimeógrafo primero y en fotocopias después.

Hice toda la escuela primaria, secundaria y universitaria sin tener computadora, como todos mis contemporáneos. Los trabajos prácticos se escribían a máquina y si nos equivocábamos al tipear había que corregir con corrector líquido o con unos papelitos que colocábamos entre la letra y el papel para borrar (Tippex). Si había muchos errores era necesario arrancar la hoja de la máquina y hacer todo otra vez. No existía “copy-paste”: todo se leía, tipeaba y citaba al pie con todas las citas correspondientes, repitiendo lo mismo una y otra vez.

El tiempo real era distinto. Mi tiempo real de avisar que me había graduado de abogada consistió en salir de la Facultad, buscar un teléfono público y llamar a un vecino para que se lo comunicara a mis padres, porque en Argentina en los años ochenta todavía era muy difícil tener teléfono en casa.

No podíamos documentar los atropellos que sufríamos en la calle por parte de la policía u otras autoridades. No teníamos smartphones para sacar fotos, hacer un video o grabar de manera oculta. No demostrábamos nuestras adhesiones haciendo click en “Me gusta”: era necesario salir a la calle y unirse a la muchedumbre. No compartíamos en el muro una convocatoria: había que pegar notificaciones en los medios de transporte, distribuir panfletos, convencer en persona acerca de la importancia de sumarse a una protesta o reclamo. La militancia política y social requería tiempo de trasladarse, estar presente y actuar. Era en horas determinadas, no cuando se nos ocurriera.

Entonces, no debe extrañarnos que ahora el descontento se manifieste más rápido, que la gente se comunique más pronto y que los grupos se organicen con mayor facilidad. No es raro que las demandas sean múltiples, porque múltiples son los reclamos. La sociedad no es homogénea, como bien querrían los detentadores del poder de turno: una sociedad homogénea es más fácil de sojuzgar. La diversidad genera múltiples voces, frentes y posibles antagonistas. En la sociedad actual los nodos trabajan de manera distribuida y no hay forma de detener la oleada una vez que comenzó. Si intentan callar una voz, la red seguirá funcionando.

Para entender estos tiempos se necesitan nuevas categorías de pensamiento.

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