La tormenta en los pueblos de agua

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La ansiedad por ver los relámpagos del Catatumbo y quedarme en un palafito comenzó semanas antes del viaje al estado Zulia. A mi prima que es bióloga y hace excursiones de aventura le pedí prestada su bolsa de dormir, repelente de mosquitos y la linterna que se coloca en la cabeza, insumos que nos recomendaron empacar para hacer la experiencia más llevadera.

Texto y fotos: María Victoria Fermín
@vickyfermin

Llegó el día y temprano bajé con otros compañeros de aventura al aeropuerto de Maiquetía. Ahí nos esperaba Félix, el guía de Akanan Tour. Nos montamos en el avión y en una hora estábamos en El Vigía.

Al salir del aeropuerto Juan Pablo Pérez Alfonzo pegaba un calor húmedo que por un momento me hizo sentir en oriente. Ahí llegó Carlos, nuestro otro guía, con una minivan que nos llevó hasta el Parador Turístico Puerto Concha, lo que ya es territorio zuliano, al sur del Lago de Maracaibo. Próxima parada: Ologá, uno de los poblados del municipio Catatumbo.

Desde esta sencilla comunidad de pescadores presenciaríamos la tormenta de rayos. Un fenómeno meteorológico casi mítico que se produce por el choque de temperaturas entre el cielo y el lago y que atrae muchos turistas nacionales y extranjeros sobre todo estadounidenses, alemanes y japoneses, que van a conocer la zona donde se produce el mayor promedio de relámpagos por kilómetro cuadrado en el mundo, tanto así que ha sido incorporado al libro de los récords Guinness.

En Puerto Concha nos montamos en una lancha –gracias a Dios con techo– que se adentró por un caño paralelo al Parque Nacional Ciénaga Juan Manuel. El lugar es hábitat de miles de aves, algunas endémicas como el chicagüire. También pudimos ver familias de monos araguatos en las copas de los árboles. En agua había mucha bora, una planta que nos explicaron es “una plaga” porque se reproduce y puede llegar a obstruir el paso de las embarcaciones.

En el camino también nos cruzamos con muchos pescadores por la temporada de caza de cangrejos azules (o jaibas). La mayoría estaban cubiertos por completo para protegerse del sol. El recorrido hasta Ologá, pasando el sector Chamita y la comunidad de pescadores de Congo Mirador, es de aproximadamente cuatro horas. En algún punto del trayecto el agua cambia de color por los sedimentos del río Catatumbo y si es de día el lago se confunde con el cielo pálido, creando un paisaje fantasioso, surreal.

Llegamos al palafito de Tane y luego de dejar nuestras pertenencias fuimos a refrescarnos en la laguna. Al regresar nos esperaba un atardecer de película. Entrada la noche comenzaron algunos destellos del fenómeno. Aunque se presentan durante todo el año, los relámpagos son mucho más visibles entre los meses de octubre y noviembre, así que fuimos en buen momento. Instalamos las hamacas, cenamos y nos sentamos en el muelle a esperar.

Cuando arranca la tormenta no hay un espectador cuya reacción inmediata no sea abrir los ojos y la boca de par en par, soltar un “wao”. Todos sacan sus cámaras e intentan captar la descarga. Yo trato de recordar todo lo que me dijo mi novio fotógrafo para lograr la imagen que es.

Los rayos se pintan por todos lados y en todas direcciones: verticales, horizontales, diagonales, a veces uno solo, a veces varios al mismo tiempo. La mayoría en silencio y poco se oye el estruendo de los truenos, a menos que el fenómeno venga acompañado de una lluvia intensa. Al día siguiente amanece y el sol se refleja en el agua y en los techos de zinc que forman esta humilde pero orgullosa comunidad.

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