Crónica de Sasha, una venezolana que “nació” a los 44 años en Nueva York

0

Por años soñó con la liberación pero el miedo no le permitió salir de las rejas que la llevaron a permanecer presa en el interior de una caja que guarda en su closet, y donde ahora está encerrado Gustavo, una realidad que pasó a ser pasado y un recuerdo de lo que nunca debió haber sido.

Este reportaje pueden leerlo en su versión original en el Blog de Maibort Petit
Por Maibort Petit                                                                                                                                 @maibortpetit
Una amiga que vino a su vida de manera inesperada la sacó del hueco donde había vivido por más de cuatro décadas. Llegó la hora de la liberación —le dijo— y fue entonces cuando comenzó la historia de la transformación de la que, por ahora, ha recorrido la mitad del camino. La crónica que a continuación presento lleva una alta dosis de realismo, injusticias y dolor, pero como si fuera una de las películas del celuloide, pasó a una etapa en la que la felicidad de lo anhelado satura toda la existencia de un ser. Empecé conversando con Gustavo buscando las razones de tanta agonía y terminé hablando con Sasha, una mujer de todas todas, que está dispuesta a luchar para que la sociedad la respete y, de una vez por todas, elimine las barreras que tanto daño le hicieron a ella y a cientos de miles como ella que se descubrieron diferentes en el interior de un cuerpo.

La lucha

 
Era muy infeliz, nunca pudo estar en paz. Gustavo no conoció la armonía del cuerpo y el espíritu. Valencia, Maracay, Caracas, Miami y Nueva York, fueron espacios geográficos en los que aquel joven —quien disfrutó de una buena vida en la casi “mantuana” sociedad valenciana— pasó regando la melancolía que lo embargaba permanentemente. Tras años de frustraciones creyó conseguir en la bebida un modo de tapar momentáneamente los huecos que tenía en su alma incomprendida. Un día en el que la rutina le adormecía, escuchó una voz que lo animó al cambio. Era Joanna, una transgénero proveniente de El Salvador, quien se había refugiado en los escenarios de los bares neoyorquinos para aderezar con su arte las almas saturadas de los habitantes de la Gran Manzana.
— Nos conocimos gracias a un amigo común. Robert es un vecino cubano a quien conozco desde hace un montón de años. Me invitó a un camping canino [Sasha tiene un hermoso perro llamado Divo].
Aquel día todo terminó en un drama total en un hospital de la zona debido a que fue mordido por uno de los perros que paseaban, un mordisco que sirvió para acercarlos desde aquel primer momento. “Desde que nos conocimos, hubo una enorme empatía que se materializó en una gran amistad que pasó a convertirse en una relación familiar, de confianza y respeto mutuo”.
Sasha conoció la felicidad a sus 44 años. Fotos: Grecia Palomares
Un niño diferente
Cuenta Sasha que siempre fue un niño diferente. “Yo era el menor de tres hermanos y siempre quise ser una niña. Desde que tuve uso de razón y capacidad para tomar decisiones, sentía que algo andaba mal dentro de mí. Vivíamos en una casa muy grande, éramos una familia de dinero en El Trigal, Valencia. Mientras mis hermanos mayores jugaban con rifles, armas con las cuales salían a cazar pájaros e iguanas, y para sus aventuras usaban capas de súper héroes, yo prefería pasar el tiempo mirándome al espejo, con una polvera y transformaba mi capa en un hermoso vestido. Era obvio que me sentía diferente en cada etapa de mi niñez y adolescencia… ellos usaban gorras y sombreros de cazadores y yo siempre trataba de llevar algo llamativo en mi pelo, que era corto, pero que yo imaginaba que era largo y sedoso”.
Orfandad
Entre sus temores y encierro, Gustavo vivía en un mundo aparte, triste y deliberadamente silencioso, donde las excusas eran la clave perfecta para callar las alarmas que, de sólo dejarse escuchar, habrían escandalizado a una sociedad con un sistema de creencias que se resistía a aceptar los cambios que ocurrían en el resto del orbe.
— Cuando tenía 11 años perdí a mi mamá. Mi madre nunca me hizo sentir mal, pero tampoco me compró un vestido y una peluca. Ella sí me compraba muñecas, me dejaba peinarlas, hacerles vestidos, pero nunca me dijo “tú eres una niña”. Eso me dolía porque yo no entendía por qué no podía hacer lo que yo quería. A mí me chocaba ponerme un traje de chaqueta y corbata para salir, y siempre buscaba que lo que me iba a poner fuera brillante, colorido, diferente, que no me mostrara convencional, tradicional… Luego que tuve la capacidad de tomar decisiones, entonces escogía una camisa abierta con un rosario en el pecho.
Explica que se sentía viviendo en un cuerpo que le resultaba extraño, diferente, ajeno. Un cuerpo en el que no le gustaba estar y por ello sufría, porque no sabía por qué se sentía así. “Siempre tuve el pecho grande, como si tuviera senos, no recuerdo nunca que hubiese intentado disimularlo”.
Hoy en día, Sasha es tetas afuera y las muestra con orgullo.
— ¿Cómo fue la etapa cuando llegaste a la adolescencia, el manejo de las hormonas?
 
— Como vivía en una sociedad tercermundista y obtusa, tuve que seguir los patrones tradicionales que ese tipo de sociedad exigía. No fue fácil mi etapa de la adolescencia. Todo lo contrario. Debo confesarte que fui violado por mi hermano mayor, no una vez, sino muchas veces y durante mi adolescencia, inconscientemente, me vengué de él. La primera vez que fui violado por mi hermano mayor tenía 5 años, él se lanzó sobre mí con una cobija y, a punta de besos, me penetró, yo no quería y él me obligó. Hoy en día ninguno de mis dos hermanos son homosexuales, pero tampoco pudieron sostener un matrimonio, siempre las mujeres terminaban teniendo hijos con otros hombres. A lo mejor —comenta— pasaron la vida metidos en un closet. Cuando yo tuve oportunidad me vengué de ellos por todo lo que me hicieron.  Tal fue el daño que los desterré de mi vida, a mi hermano mayor no le habló desde hace más de 20 años por lo que me hizo, y por otras razones familiares. No sé si yo nací con otra sangre, pero mis hermanos y yo siempre fuimos diferentes, ellos son de mal corazón, no son solidarios ni afines a la familia. Para ponerte un ejemplo de esas diferencias, te cuento que a la muerte de mi mamá, una tía muy querida se encargó de nuestra crianza y hasta hoy soy el único que está pendiente de ella, que la cuida y la ayuda. Mis hermanos nunca se han ocupado de ella.
Foto: Grecia Palomares
Me fui para Maracay
Sasha recuerda aquellos años de adolescencia con una tristeza que se nota en sus ojos color esmeralda. Someterse a los cánones de una sociedad tradicional obligó a Gustavo a ser quien no era, incluyendo tener novia para llevar adelante el patrón de la sociedad que lo obligó vivir en un vacío, con un hueco en el alma.
— Cuando me tocó irme de la casa para estudiar en la universidad, tuve que dejar a mi novia, a quien amé mucho. Ella nunca supo lo que ocurría dentro de mí. De Valencia me mudé a Maracay, precisamente a un estudio que era de la mamá de mi novia. De ahí en adelante, surgió Gustavo “el gay”. Vivir en Venezuela con una sociedad tan cerrada, significó para mí romper todos los patrones y experimentar otras experiencias.
Gustavo cursó estudios  de zootecnia y luego de Ciencias Veterinarias. Posterior a su estancia en Maracay se mudó a Caracas, la capital venezolana, con la intención de trabajar y desarrollarse. “En ese tiempo ya era completamente gay, allí hice muchos amigos que se convirtieron con el tiempo en mi familia”, acota.
Secreto a voces, una violación cómplice
Explica que la persona que lo crio, su tía, sabía que él era gay, algo que como subraya, era un secreto a voces. “Ella nunca me trataba como gay, pero no negaba que me pusiera ciertas cosas. Cuando tenía 14 años mi familia supo que mi hermano me había violado. Ellos lo oyeron porque yo lo grité y a pesar de saberlo, nada paso, la obsolescencia de la sociedad venezolana no permitía tocar el tema. Hoy en día digo por qué sí Gustavo estaba clamando justicia, su mamá no escuchaba, para mí fue muy duro decir eso tan fuerte, y más duro aún, saber que a nadie le importaba, que vivía en un mundo de sordos.
— Aun recuerdo una pelea que tuvimos en casa. Le dije a mi hermano: Mira maricón de mierda, el más grande de los maricos que hay aquí eres tú, porque me violaste siendo un niño de 5 años, y le recordé lo de los abusos, lo que produjo una pelea espantosa. Esa fue la última vez que nos hablamos. Mi otro hermano me dijo: “Gustavo yo te vuelvo hablar a ti cuando tú no te maquilles”, y desde ese día lo bloquee hasta el día de hoy.
“Mis hermanos y yo no tenemos reales lazos de hermandad, he conseguido otra familia, como todos los inmigrantes”, asegura Sasha con voz de desánimo.
— Yo sufrí mucho como Gustavo, en muchos aspectos no solo en el aspecto familiar. Me fui a Caracas hacer mi vida tranquilo y allá descubrí las cercanías a la muerte. Para robarme el carro, unos delincuentes me dieron un disparo que casi me mata. Ese atraco me dejó en estado de coma por mucho tiempo. Mi mamá nos había dejado mucho dinero y mi herencia la usé para atender los gastos de mi salud en aquel momento. Quedé en coma, perdí un riñón, usé una bolsa de ostomía que no me la podían quitar, y mi tía fue la única que estuvo a mi lado… ella ha sido como una madre para mí. Cuando mi hermano mayor supo del accidente, me quitó el carro como garantía para prestarme dinero. Allí corroboré que entre nosotros nunca hubo una real hermandad, no sé si motivado a la orfandad o porque ellos no tienen buen corazón.
Foto: Grecia Palomares
Narra que aquellos fueron tiempos de agonía y dolor continúo. La recuperación del accidente fue muy trágica. “Las bolsas se rompían, estuve en silla de ruedas, me operaban y la bolsa se volvía a romper. Luego de varios meses de incesantes obstáculos, empecé a buscar otras alternativas médicas. Conseguí una con la cual me abrieron y me cortaron 30 centímetros del colón y eso me permitió volver a la normalidad con el tiempo”.
Una enorme dosis de fe
— Cuando caí en coma sentí que ya me estaba yendo. De pronto vi a José Gregorio Hernández [un beato de la iglesia católica, que se ha convertido en una leyenda para los  creyentes por los testimonios de muchas personas que aseguran que los ha curado de muchos males. En Venezuela es objeto de veneración y su imagen está en varios hospitales y hogares]. Su imagen fue lo último que vi y que recuerdo. Estuve 28 días en terapia intensiva, luego que desperté le pedí a mi tía una afeitadora, porque como Gustavo era muy coqueto y quería verme bien.
Cuenta que durante ese tiempo —tres meses— debió permanecer en una cama sin comer, alimentándose solamente por sondas. Refiere que al despertar de aquella operación, el médico le dijo que el éxito de la operación sería una flatulencia…. Pasaron varios  días y nada ocurría, comía coliflor, granos, que solamente conseguían inflamarlo más, pero de los gases, nada.
Dice que por un momento pensó que las grapas que tenía en su cuerpo se iban a explotar… “Un día, histérico, le dije a mi tía que me ayudara a caminar. No puedo más, creo que estoy muriendo, clamé… Y ella me llevó con ese poco de cables, botellas, sueros, a un pasillo. Sólo quería ver el sol, la naturaleza y lo primero que vi fue una imagen de José Gregorio Hernández. Fue en ese momento que me tiré un pedo. De inmediato, mi tía se lanzó al piso a llorar y me dijo: ‘Gustavo nunca me imaginé que fuera a llorar por una de tus flatulencias, pero aquí estoy hincada de alegría y de fe por tu recuperación’”.
— Desde entonces empezó mi recuperación y desde aquel día José Gregorio Hernández forma parte de mi vida… creo que él fue el autor de mi recuperación. Paralelo a la parte médica, me sometí a terapia psicológica para superar los traumas del accidente y el pánico a los delincuentes, etc. y fue cuando empecé a buscar las formas de irme del país. Un día decidí mudarme a Nueva York, a donde tenía una gran amiga que estaba casada, ella era estudiante en la universidad en NYC, ella tenía una niña a la que ayudé a criar. Aún recuerdo el día en que me dijo: “Happy Easter Tío”… De ahí me tocó acompañar a mi amiga en el proceso de crianza y, luego, darle todo mi apoyo en el proceso de caos que vivió en su matrimonio que culminó en divorcio. Esa amiga era como mi hermana.
Foto: Grecia Palomares
Luego de este episodio, Gustavo —o Sasha— decidió irse a la Florida y su amiga, al tiempo, le siguió los pasos, logrando así escapar de un marido abusador. Explica que, tal como ocurrió en Nueva York, en Miami, terminó ayudando a su amiga con las niñas.
Trabajó en peluquería de animales, aunque su sueño, su pasión, era trabajar en la belleza, en el maquillaje. A Gustavo le gustaba actuar, bailar. Con el paso del tiempo, pudo dejar la peluquería de mascotas y se convertió en esteticista y en experto en vestuarios. “Me estaba yendo muy bien económicamente. Ya tenía más de 30 años edad y andaba buscando mi norte”.
Sasha asegura que siempre mantuvo una lucha interna por estar donde no quería estar, de vivir lo que no quería vivir, de ver lo que no quería ver “y así pasaron los años que incrementaron mis miedos, mi frustración y mis debilidades”.
— ¿Te tentó alguna vez el suicidio?
— No. Nunca quise hacerme daño a mí mismo, pero Gustavo tomaba mucho para pasar todas esas frustraciones. Bebía alcohol para olvidar, y aunque nunca tuve accidentes por tomar o dejé de ir a trabajar, reconozco que era un problema que se estaba volviendo en otra pesadilla adicional. Hoy en día, Sasha no toma como Gustavo… nunca jamás.
Los sueños irrealizables, los disfraces y las canciones
Vivir en un cuerpo equivocado ha servido de motivo para que muchas personas sean excluidas del entorno de los llamados “normales”. En la mayoría de los casos, la gente los rechaza por ignorancia y por falta de sensibilidad y entendimiento. En el mundo hay muchas historias de transexuales, transgénero y travestis que son discriminados por su condición. Los tabúes sociales, junto a la resistencia de los sectores sociales poderosos, ha llevado a la irracionalidad, muchos han sido asesinados y torturados, algo que no únicamente sucede en los países de América Latina, sino en otras sociedades que se consideran desarrolladas y mentalmente más avanzadas.

Si bien hay un cambio en los valores en los últimos años, hay países que se resisten a entender esta realidad y a las personas transgénero se les niega el acceso al trabajo formal, a la seguridad social y una vida digna.

De acuerdo al sexólogo forense, Alberto Mejías, el transexualismo es un tema que debe ser abordado por la sociedad como un fenómeno humano, que se produce cuando la anatomía física no concuerda con su identidad mental.
En las últimas décadas, el transexualismo ha ido creciendo de manera progresiva en los diferentes países de América Latina y Europa. Cada vez son más frecuentes los casos de transexuales que reciben hormonas que les ayudan a superar una parte del problema y han aumentado los sectores sociales que se han hecho más conscientes de la situación que aflige a muchos seres humanos que son rechazados por su condición.
De acuerdo a las estadísticas, la mayor parte de los casos de transexualismo son masculinos, es decir mujeres que se sienten atrapados en cuerpos de hombre. “La mayoría terminan por ser  estilistas que trabajan en peluquerías y salones de belleza y que, a la larga, empiezan a hormonizarse y con ello encuentran la armonía cuerpo-mente”, asegura el psicólogo Carlos Marval.
Muchos de ellos suelen ser aceptados por la familia luego de que se transforman completamente, aunque en algunos casos persistan las complejidades de las relaciones familiares, sostiene Soraya Jiménez socióloga especializada en transexualismo.
¿Qué es el transexualismo?
Fue en los Estados Unidos de América donde se conoció el primer caso de transexualismo en el año de 1949 y para entonces, la sociedad lo concebía como una aberración sexual que merecía el castigo. Muchos trataban los casos como una especie de epidemia y algunos, por ignorancia, lo confundían con travestismo.
Pasados los años, los expertos que estudiaron el fenómeno lo calificaron médicamente como conducta sexual excepcional. Tuvieron que transcurrir varias décadas para que los analistas del tema comenzaran a denominarlo como una variante de la conducta sexual del hombre.
Los transexuales desde muy niños sienten una incongruencia entre su sexo anatómico y su orientación en relación con el comportamiento y elección del objeto sexual. De acuerdo a los expertos, este tipo de persona siente, emocional y psicológicamente, que pertenecen al sexo opuesto. Entre los sinónimos más citados están: hermafrodita, andrógina, epiceno, intersexual y persona transgénero.
Los transexuales muestran más interés por la actividad homosexual que por la heterosexual y tienen una identidad del sexo que se opone a la de su sexo anatómico.
En el caso de una persona transexual masculino, en alguna etapa de su vida se empieza a comportar como mujer, es entonces cuando el individuo deja a un lado las pistolas para tomar las muñecas. En el caso de transexual femenino ocurre todo lo contrario.
La Lupe vivió en mí
Cuando Sasha era un niño usaba los trajes y las pelucas de su tía y para convertirse en La Lupe, Toña la Negra o Cher. “Me maquillaba, me vestía, bajaba la escaleras y bailaba como las vedettes de la época. Mi mamá y mi tía no decían: ‘Gustavo es gay y quiere ser una niña’, sino que decían que yo tenía ancestros indígenas”.
Sasha y Divo

Recuerda que una vez se metió en el baño de su casa y se hizo un traje tipo Cher con papel. “Allí me quedé adentro disfrutando de ser quien yo quería ser. Al poco tiempo mi hermano reventó la puerta y me hizo hacer el ridículo más grande que se le puede hacer a alguien, en frente de mi tía abuela, mi papá, mi hermano. Era un odio a eso que yo sentía. Sin embargo me seguía violando de noche, él tenía más problemas que yo”, acota con voz quebrada.

Prosigue señalando que siempre fue la negrita de carnaval en las fiestas:
— Me encantaba ponerme adornos en la cabeza, hacía pelucas con los recibos de papel de los supermercados, y así vivía inventando mi mundo cuando podía. Mi mamá me compraba barbies y telas, porque ella sabía que yo le quitaba todo lo que traía y le diseñaba trajes hermosos. Amaba la costura. Mi mamá nunca me dijo “no lo hagas”, pero tampoco me preguntó “qué te pasa”.
Refiere que su madre siempre quiso tener  una hija y cuando resultó que cuando lo tuvo a él no pudo volver a salir embarazada. Como para la época no se practicaban el ultrasonido y no se podía conocer el sexo de los bebés con anticipación. Ella, entonces, decidió al enterarse de su embarazo, comprar toda la ropa de bebé color amarillo. “Me dijo que mi papa construyó una casa y que ella decidió no ponerle nombre a la casa hasta no estar segura de qué sexo tendría su último hijo. Cuando supo que era varón, lloró desconsoladamente y, aunque crecí sintiéndome hembra, nunca me mariquearon“.
— Aquí en la ciudad de Nueva York, a donde vivo desde hace 20 años no hay un día de Halloween donde yo no me haya vestido de mujer, desde Cher, Madona, bruja, hasta Carmen Miranda.  De hecho, quiero confesarte que mi nombre Sasha viene de una actriz mexicana llamada Sasha Montenegro —afirma entusiasmada.  Cuando yo veía a esa mujer con aquellos turbantes yo me los ponía, de hecho tengo las cejas como ella, y fue entonces cuando Gustavo se volvió Sasha aquí. Sasha estaba en una caja y salía a pasear por las calles neoyorquinas en Halloween o durante el Gay Pride, pero salía y luego se escondía porque tenía miedo a enfrentar la realidad.
“Quiero confesar que hay que tener bolas para hacer esto y muchas. Si yo iba a Gay Pride o Halloween eso era rápido, me arreglaba lo más espectacular posible, no había problema… Me sentía seguro y me ponía los tacones más altos del mundo y llegaba aquí muriéndome con dolor en los pies y luego volvía a mi cuerpo equivocado.
Recuerda un día cuando le presentaron a Joanna, quien vio todo lo que a él  —o a ella— le sucedía y lo instó a que se atreviera a salir de la caja. “A mí no me gusto por un lado salir y convertirme en Sasha, pero por el otro lado, sentía que Gustavo estaba perdiendo la pelea. Era una batalla entre los dos que me hacía mucho daño y me quitaba las fuerzas de seguir adelante”.
— Un día Joanna me empezó hablar de las hormonas, de los tratamientos y ella me batió el piso cuando me preguntó si quería hormonizarme, lo pensé y le dije sí quiero… pero con miedo… cerraba los ojos y veía a la gente burlándose de mí, a mi tía confundida. Así es que de la noche a la mañana, Gustavo empezó a ponerse bandanas más fuertes y llamativas, y en unas tres semanas yo di el cambiazo y de pronto Gustavo salió con peluca y maquillaje. Yo estaba decidida aunque el miedo era más fuerte que yo.
Rememora una noche cuando su amiga de Joanna se enfermó y debió ser hospitalizada como el momento en que, definitivamente, se atrevió a dar el paso que por tanto tiempo había temido dar. “Me vestí de mujer para ir a verla y mi preocupación era lo que iba a decir Robert, el amigo que tenemos en común. Me dije a mí mismo que si me daba problemas yo no iría a verla. Cuando llegué al carro con Robert a él le dio un ahogo y me preguntó a dónde iba disfrazado. Le dije: ‘No estoy disfrazado, Gustavo no va a salir más, y si no aceptas a Sasha esto llega aquí’. Aquel día, él caminaba detrás de mí no burlándose, pero sí clavando sus ojos en mí. Ese fue el eslabón, el martillo que rompió el molde”, concluyó.
Luego de aquella decisión, entonces Sasha se encontró con el problema de no tener ropa para vestirse. Como Gustavo no le gustaba ir de compra porque se sentía frustrado. Por ello, en su closet, sólo había disfraces. “Fue cuando Joanna me regaló algunas prendas, y me llevó a una tienda que queda por aquí cerca y para qué fue eso… empezó la locura, me compré hermosos vestidos, prendas que toda la vida había querido usar”.
El reencuentro entre el cuerpo y el espíritu
— Yo soy tan feliz hoy en día, que nunca le había tenido miedo la muerte, y ahora le tengo miedo… Yo nunca me había sentido tan feliz, hoy estoy como cuando era niño y jugada con el acuario y no tenía responsabilidades. La mejor hora del día es cuando me levanto a maquillarme y a hacer el café. Me encanta maquillarme, además de que eso es lo que yo hago, y antes no podía maquillarme porque era un hombre. Sin embargo me ponía mis cositas. Hoy en día siento un dolor en el pecho en los pezones por las hormonas y me hace feliz.
En la Unidad de Atención a la población transgénero de Nueva York ofrecen la operación quirúrgica,  la feminización facial entre otros servicios. Igualmente tienen disponible tratamiento sicológico y ayuda legal para el cambio de nombre. Ya Sasha se cambió el nombre si necesidad de pagar una fortuna a los abogados. “Recibí ayuda del servicio, gracias a su terapeuta”.
— ¿Dónde empezaste el tratamiento con las hormonas?
— Cuando me decidí hacer el cambio empecé a informarme sobre los tratamientos hormonales. Acudí un médico experto en el Hospital Mont Sinai. Obviamente como Joanna se convirtió en mi guía en este sentido, ella me enseñó el llamado manerismo y los mecanismos de inicio en el proceso. Vale destacar que Gustavo fue siempre responsable y tuvo los asuntos médicos al día. Siempre estuvo pendiente de tomarse las medicinas al día. Quiero informarte que por los tiempos del accidente en Caracas, contraje HIV, una condición que me obligó a ser riguroso en el consumo del tratamiento.
El consumo de hormonas le cambió el cuerpo, el busto es pronunciado y hasta el olor del cuerpo cambió. Expresa que todos los días experimenta cambios y para registrarlos se toma fotografías a diario. “No es una manía, sino que estoy documentando todo el proceso y quiero dejar constancia de que las hormonas hacen milagros. Siento que cada vez me veo mejor”.
Sasha toma diariamente estrógeno, una hormona inyectada y una pastilla dos veces al día que es para que no desarrolle la hormona masculina.
 
— ¿Me puedes explicar cómo es el mundo cuando se es portador del HIV?
— En Venezuela es una tragedia, es una negación a la condición humana del paciente. Es una verdadera pesadilla que te invita a vivir bajo las sombras y con temor. En los tiempos en que yo vivía en Caracas me miraban como si me tocara comprar la urna de una vez, todo el mundo creía que con la enfermedad estabas sentenciado a muerte inmediata. Pero luego, cuando me mudé a Nueva York, siempre tomé mi tratamiento y me cuidé. Nunca me vi enfermo. Para mí es un orgullo poder inspirar a las personas que padecen esa condición y que se sienten con miedo.
Respira y continúa: “Cuando conocía a Joanna que es una persona centrada en muchas cosas y también es descuidada en el aspecto médico, la ayudé a que entrara en el tratamiento para pacientes de HIV en el Hospital Mont Sinaí. Las experiencias que hemos llevado juntas nos han hecho hermanas, madre e hija, familia y cómplices. Ella sabe secretos de mí que no quiero que nadie más sepa. Joanna confía en mí.
Un cambio esperado y a la vez sorpresivo
Sasha comenta que cuando estaba trabajando con su terapeuta, él se quedó inmensamente sorprendido el día que vio por primera vez a Sasha. “Ese día le pedí que Joanna fuera a la terapia conmigo porque ella fue el mejor testigo y la llevé y lloré con Bryan y ella… fue muy lindo… Ahora somos una familia donde no se ve ni malo ni bueno, sino lo que produce felicidad. Se disfruta lo que hay en el momento. No se puede ser egoísta con tu hermano, porque entonces el amor no es sincero. Yo me siento muy triste con una amiga a quien consideraba mi hermana, pero no fue capaz de aceptar mi decisión. Sasha se llevó a Gustavo por delante en crecimiento, en amor propio. A Gustavo lo manipulaban como a un títere, con él jugaban y lo abusaban. A Sasha, no. Incluyendo a Robert, que lo abusaba, y ahora no más.”
Las hormonas y la felicidad
Para Sasha la felicidad que siente actualmente nada tiene que ver con las hormonas que está consumiendo, sino con su realización como persona. “Me encontré a mí mismo, me conecté por primera vez con mi espíritu”.
Asegura que las hormonas le han cambiado los pómulos, la piel, le han borrado las venas, le han sacado pecho, a tal extremo, que refiere que luce como si tuviese prótesis. “También me pronuncian el trasero. Gustavo temblaba de miedo y dolor. Sasha, no. Gustavo vivía como si llevara una la cruz en la espalda todo el tiempo,  una procesión por dentro. Ahora veo la vida linda, no me importa quedarme en casa a ver una película porque Sasha tiene paz. Gustavo vivía atormentado y no tenía armonía. Solía salir de la casa aunque fuera a caminar cuatro cuadras para volver cansado. Eso no era normal, era como una conducta de locos”, acota.
Nació un nuevo ser humano
— Sasha es visionaria e imaginativa y yo veo como se levanta un muerto y sale otro… Veo mi pasado reciente como una caja donde está Gustavo y antes estaba Sasha, y cuando Gustavo se antoja de salir yo le pongo algo pesado a la caja para que no se abra más. Ya Gustavo no está dentro de Sasha, él fue expulsado del cuerpo y de la mente. Mi transición tenía dos meses y medio, desde el día uno no he dudado de haber tomado la decisión, porque este es quien soy yo, y que retrasé el cambio por los abusos, las barreras que me había creado la sociedad, abusos sicológicos, es una sensación inexplicable, a tal punto que pasé cuatro décadas de mi vida sin saber lo que era ser feliz.
Más adelante sostiene que hubo algunos sueños de Sasha que Gustavo  venía realizando. Se trata de trabajos de voluntariado a los que necesitan ayuda. Gustavo le trazó el camino a Sasha pero él no era tan exitoso como Sasha. Ella se lo llevó por delante. Gustavo empezó haciendo cortes de cabello en un centro para gay, lesbianas y transexuales (hombre y mujeres). “La gente me buscaban mucho y les gustaba mi servicio, pero cuando tuve mi transición a Sasha me crecieron los clientes, me dieron otro día y ahora hasta me están pagando. De hecho, ha sido tal el éxito que  estoy llevando una propuesta ante los administradores  para crear una clase de maquillaje con Joanna como mi asistente  para la mujer… para enseñarles cómo puede ir linda para el trabajo o la panadería y cómo cambiarlo para la noche y sentirte espectacular”.
Entre los sueños de Sasha está ser trabajadora social y poder ayudar atender y ayudar a sanar a las personas como ella. “Me sobra material para hacerlo”.
— ¿Qué consejo le das a las personas que se encuentran hoy en día como Gustavo y no han decidido dar un paso al cambio?
— Mi consejo es que la vida es una sola y, aunque parezca larga, no lo es. Por ello hay que hacer todo para mejorar cómo una se siente. Si hay seguridad de que habitas en un cuerpo que no te pertenece, hay que hacer un esfuerzo para ayudarnos nosotras mismas a encontrarnos. Hay que abrir el corazón y ser feliz, y sacar de adentro todo aquello que te haga feliz, ya sea en el ámbito laboral o sexual. La felicidad no tiene desperdicio, por eso les ruego a todos los que me quieran escuchar que aprendan a ser felices descubriendo quienes son.
— ¿Qué le recomiendas a los familiares de los que tantos “Gustavos” que hay por el mundo con miedo hacer un cambio?
— A los familiares que se niegan a ver la realidad hay que dejarlos de lado si empeñan en permanecer ciegos ante el clamor de cambio. Pasamos la vida viviendo para los demás y la vida hay que vivirla para una. A quien no le guste que busque su camino, pero que nadie estorbe tu felicidad, porque el calvario lo lleva una por dentro. Si a un amigo o a un familiar no le gusta o no comulga con tu decisión de liberación, entonces que dejen de ser tu familia o amigo. Hay terapias para eso, son pasos duros, muy fuertes, hay que tener mucho coraje, para decir esto es lo que yo soy, así quiero ser y nadie ni nada me va a parar. En mi caso fue muy difícil y lo sigue siendo, pero no se puede paralizar una transformación por el qué dirán. Por hacerlo hay  mucha gente frustrada, infeliz y miserable. Lamentablemente eso es lo que abunda, y por eso muchos que no se atreven ven en el alcohol, las drogas y el suicidio, una salida al caos que se vive internamente cuando vives en un cuerpo equivocado. Hoy en día me siento enamorada de la vida, de la amistad y tengo el corazón abierto para una relación aunque no es mi prioridad ahora.
— ¿Algún galán que haya aparecido en la vida de la nueva Sasha?
— Gustavo no levantaba mucho por la infelicidad que vivía y dejaba traslucir en su piel, en sus  ojos. A él lo perseguían los muchachos gays y las mujeres. A Sasha la persiguen los hombres que no son gay, pero que le gustan transexual. Yo no soy una mujer gay. No. A mí me gustan los hombres que, por lo general, son casados y con hijos y que les gustan las mujeres que son transformadas. Mi terapeuta me dijo que, entonces, soy una mujer. Jamás me ha provocado acostarme con una mujer, me espanta el puro pensamiento. Y aunque no lo creas hay una larga fila de hombres detrás de Sasha, pero aún no me ha conquistado ninguno de ellos.
Sasha asegura que mantiene su fe en Dios, en el Corazón de Jesús y José Gregorio Hernández y en la Santa Muerte mexicana, que es la santa de los marginados, de los transexuales, de las prostitutas.
— ¿Cómo ve Sasha a Venezuela? ¿Volverías a tu país de origen?
— Esa pregunta esta fuerte, porque yo me siento como una mala venezolana. Creo que lo que nos está pasando como pueblo es porque se buscó. Los venezolanos éramos muy viva cómodos y aprovechados, siempre nos gusta el bonche, la plata, la pinta y el derroche. Desde que llegué a los Estados Unidos lo que he hecho es trabajar, pagar los impuestos al Estado (IRS) como hacen todos los americanos. Yo veía en Venezuela cómo la gente se va a la playa de manera irresponsable y deja de trabajar. Pareciera que la gente no ha entendido lo que ocurre. El país murió y no sé si podré verlo levantar, porque la generación que se ha creado en los últimos 18 años está dañada y estoy convencida que los jóvenes no podrán ver la Venezuela que fue, porque está muy maltratada. A mí me duele en el alma, porque si hay un país en el mundo en el que se vivía bien, era el nuestro. Venezuela es bella y no se apreciaba. Tuvo que acabarse el país para que los venezolanos enarboláramos nuestro patriotismo y las banderas se alzaran en todos lados. Hoy en día, Venezuela quiere que todo el mundo la ayude, que metan la mano por ella. Lo que está pasando es una consecuencia de la mentalidad y el modus vivendi que tuvimos por muchos años.  Nunca pensamos que iba a haber hambre, delincuencia, inseguridad.
Para concluir, Sasha asegura que no volvería a poner sus pies en suelo venezolano por temor a que le den otro disparo que la lleve a la muerte. “Allá tengo a mi tía que vive con un hijo con trastornos mentales producto de años de drogadicción que le acabo la vida, no sólo a él, sino a la familia. A mí me ha tocado mantenerlos y para verla, la traía todos los veranos a Nueva York, pero desde hace 7 años no la veo porque mi abuela murió y ya no hay nadie quien cuide a su hijo”.
Cuando estaba activo, Gustavo fue dos veces. “Al llegar ya me quería volver, porque me tenía que vestir como un mendigo para evitar que me robaran. Esa no es la Venezuela que yo amé y la que seguirá viva en mi corazón por siempre”.
Vistas: 195
Share.

Comentarios

Comments are closed.