De Buenaventura, Colombia, a Valencia, Venezuela: una historia incómoda

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Migrar en busca de una mejor calidad de vida y para escapar de conflictos no siempre resulta ser lo que se imagina. Muchas veces las decisiones pasan factura y la hospitalidad que se espera en el país al que se llega puede ser una quimera. La hermandad latinoamericana tiene, como todo, sus dos caras

Por: Carlos David Carrasco Muro                                                                                                           @CarlosDMuro

 

Ante la diáspora venezolana, que ha llegado a toda América Latina y las quejas de algunos grupos xenófobos, resulta necesario la reflexión cruda sobre cómo ha sido el trato de la sociedad venezolana hacia las personas que buscaron refugio y futuro en Venezuela. Especialmente, aquellas que llegaron en las últimas décadas, que no responden a un perfil europeo, sino latinoamericano. El siguiente relato recoge el testimonio de una mujer que llegó a hace 12 años al país

Año 2005, la canción la “Camisa Negra” de Juanes suena en todas las radios de Colombia y Venezuela. El mundo asiste a la despedida del papa Juan Pablo II. En esas tristes fechas para el catolicismo, la devota Latinoamérica sufre una tragedia adicional. El 19 de abril, paramilitares de la ciudad de Buenaventura, Colombia, ejecutaron a 24 jóvenes bajo la complicidad del narcotráfico y la corrupción. La desesperación de la población fue insoportable y el apoyo del gobierno colombiano es una ilusión de papel periódico.

Esa masacre solo era una expresión fatal de una cotidianidad plagada de acosos, pobreza y pocas perspectivas de futuro. En medio de este panorama, Marta, una joven de tez oscura, cabello largo y grandes cachetes se encuentra muy preocupada. Su hija Gabriela está por cumplir 15 años. Ella vive en el barrio donde operan los autores de la muerte de las 24 víctimas.

Las siniestras figuras de verde olivo y capucha negra no dejan de observar como Gabriela se empieza a desarrollar. La adolescente ya no pasa inadvertida ante los ojos de ningún hombre y mucho menos para los caudillos urbanos de las comunidades marginadas del barrio.

Cuando un joven paramilitar empezó a cortejar a Gabriela los temores de Marta de perder a su hija aumentaron. Los hermanos mayores de Gabriela intentaron impedir por medio de la palabra, las pretensiones de aquel “combatiente” y como respuesta recibieron advertencias de fuego y hierro sobre no entrometerse en la conquista del “compañero”. En menos de un mes, la familia de Marta recibió dos amenazas de muerte.

Marta ya no solo se debe preocupar por la falta de empleo que agobia el bienestar de su familia, sino ahora teme por su vida y la de sus tres hijos. Los vecinos de la zona le aconsejan que huya de la ciudad y de la región, pues el departamento del Valle del Cauca ya no es un sitio seguro. La joven madre se preguntaba si acaso había un lugar seguro en Colombia, cuando el paramilitarismo y la política van de la mano como un feliz matrimonio.

Huir, más que emigrar

Los hijos de Marta preguntaron por qué no irse a la capital, Bogotá. Marta recuerda sus tristes experiencias de niña en esa gran ciudad y la discriminación social que sufrió, y respondió con una mirada de molestia: “Esa no es una ciudad para gente como nosotros”.

Pero si Colombia no es segura ¿a dónde ir? Buenaventura está a escasos 350 kilómetros de Ecuador y a 500 kilómetros de Perú. ¿Por qué no ir a alguno de esos sitios? Son las opciones más cercanas. Sin embargo, esa idea se desvaneció con una tajante respuesta de su hijo mayor. “En esos países a los negros los tratan como animales, vamos a sufrir doble por negros y por colombianos”. En efecto, la xenofobia, y especialmente la discriminación racial, es algo latente que sufren muchos afroamericanos y Marta es parte de esa gran comunidad.

En esos días de angustia, Marta recibió consejos de un antiguo amigo, Juan, quien fue de visita al barrio. Le comentó que tenía cinco años viviendo en Venezuela, que no había tenido problemas en conseguir trabajo y que no existía xenofobia o racismo como en otros sitios.

Un día, Marta despertó con una tercera amenaza de muerte en la puerta de su humilde casa de zinc. El mensaje decía: “Esta semana la Gabriela va pichar, si tus dos pendejos se meten los bajamos”. El destino de su hija estaba sellado bajo la compañía de un ambicioso paramilitar. A las 4:00 am del día siguiente, cuando los soplones y los gatillos alegres se disponían a cambiar de guardia y a dormir, Marta y sus hijos abandonaron su hogar solo con la ropa que tenían puesta para así no levantar sospechas. Empezaron un recorrido de 1.000 kilómetros y tres largos días para alcanzar la frontera venezolana.

Marta y sus hijos no disponían de pasaporte. Sin embargo, eso no fue problema para ellos, ya sabían que los militares venezolanos resultaban fáciles de sobornar. No hubo necesidad de entrar por una trocha o caminos verdes. Por una cantidad razonable de pesos los guardias permitieron su paso por el puente internacional Simón Bolívar.

Morder el señuelo

Ya en Venezuela, Juan esperaba por ellos. Comentó que iban a ir a la ciudad de Valencia, en el estado Carabobo, muy cercano de Caracas. En Valencia la realidad del entorno se volvió extrañamente familiar. Llegaron a un humilde barrio de la zona sur, allí la mayoría de los habitantes también eran colombianos de tez oscura, principalmente de la costa pacífica. La pobreza de las viviendas impresionaba, pero Marta sabía que debía ser fuerte y se trataba de comenzar una nueva vida, lejos de la violencia y el acoso.

Los inicios de este nuevo comienzo no fueron fáciles. Ese amigo Juan resultó ser una suerte de agente de captación de colombianos desplazados por la violencia. Marta recibió un pequeño rancho de ladrillos y zinc. Mensualmente debía depositar cierta cantidad de dinero bajo acuerdo de palabra y sin garantías. No tenía muchas opciones, ya que había entrado de forma ilegal a Venezuela.

Por indicaciones de Juan, Marta empezó a trabajar como personal de servicio en la casa de un pudiente un político al norte de Valencia; no obstante, el dinero que ganaba no era suficiente. A las pocas semanas llegó otra familia colombiana al barrio con una situación económica un poco mejor. Ante los retrasos en los pagos, Juan decidió dividir el rancho que había otorgado a Marta y su familia.

Ahora quedaban en la parte más desfavorecida de la humilde casa. Sin techo y paredes, solo con un viejo inodoro que debía usar con tobos. Unos vecinos del barrio se solidaron con ellos y les regalaron escombros y latas para construir paredes artificiales y tener al menos como refugiarse en las noches de frío. Con el paso del tiempo, Marta y sus hijos compraron residuos de maderas de una carpintería cercana, además de láminas de zinc para montar un techo.

Aunque por momentos Marta se arrepentía de su decisión por no tener la comodidad que humildemente tenía en su hogar en Buenaventura, la realidad de no enfrentar el paramilitarismo y narcotráfico en su día a día calmaba la ansiedad.

Ser extranjero

Marta también sufrió discriminación racial en Valencia. A veces tomaba el transporte público y podía notar como había gente que evitaba sentarse a su lado. Frases como “al lado de esa negra mojina no te sientes”, herían su orgullo. Al momento de hablar también sentía recelo de algunas personas, cuando notaban su acento colombiano no la trataban igual que a un venezolano. Sin embargo, con el tiempo decidió aceptar la realidad. Prefirió esa discriminación que volver a vivir los oscuros días de Buenaventura.

El tiempo transcurrió y bajo la mirada indiferente del gobierno venezolano, Marta fue echando raíces en Venezuela. Solicitó ayuda a las instituciones del Estado y a la Iglesia Católica, pero nunca obtuvo respuestas, solo promesas incumplidas. La única institución que realmente apoyó su proceso de estabilización y aceptación en el país fue la iglesia evangélica, cuyos miembros recorrían el barrio los domingos. Por eso no es de extrañar que haya cambiado paulatinamente su fe católica por la protestante.

Expulsión oficial… no hay hogar

En 2014, el presidente Nicolás Maduro anunció la expulsión masiva de ciudadanos colombianos de Venezuela. La Guardia Nacional Boliviana desalojó a todos los colombianos “ilegales” de los barrios del sur de Valencia. Marta aún recuerda la frase del guardia que la detuvo: “Te me vas pal coño, colombiana de mierda”. Pero más allá de las duras palabras, ella se sorprendió que supieran dónde vivían, pues nunca recibieron la visita de alguna institución pública ni en los momentos de mayor precariedad.

En 2015 Marta volvió a su humilde hogar en el sur de Valencia. Esta vez tiene pasaporte y algunos papeles que permiten regularizar su situación. Sigue trabajando como personal de servicio en un lujoso apartamento de un funcionario público en el municipio San Diego. Ahora su mayor preocupación es la comida, pero no se imagina regresar a Colombia a pesar de la crisis venezolana.

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