Frustrachera de un educador venezolano

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La mística y el amor por la docencia chocan contra la realidad de un país marcado por una fuerte crisis económica y alimentaria y además contra decisiones gubernamentales muy lejanas a la promoción de la excelencia

Por: José Fonseca                                                                                                                             @JfonsecaV

El día ha iniciado con una tranca en la calle, mucha gente se devuelve a sus hogares. Un contador acumula papeles, la diseñadora trabaja desde casa, la periodista entrevista desde su móvil, pero yo soy educador, mis niños me esperan. Luego de una osada caminata y de agarrar un taxi que me ha cobrado tres días de sueldo he llegado al plantel. Solo cinco niños, pero por uno vale la pena llegar. Veo un movimiento extraño en la entrada del colegio, es la zona educativa que supervisa el plantel, su objetivo es ver si estamos dando clase. Me imagino diciéndoles “Sí, acá estamos, esta es nuestra realidad aunque ustedes no vean lo que verdaderamente ocurre en el país”.

A mi móvil llega un mensaje WhatsApp “Trancado la zona norte” y un “¿ahora cómo devuelvo a casa?” pasa por mi cabeza. El día transcurre en una tensa calma, las notas son entregadas y un padre me dice “Profesor, soy el doctor Charlie… Creo que su pedagogía no es la adecuada, mi hija es de 20 (puntos) y con usted obtuvo 17”. Pienso rápidamente en su título, en realidad ni me importa, solo lo veo como un padre más. Y un “Con mucho respeto señor papá de María, ella es brillante pero en el examen obtuvo esta nota porque erró en tal pregunta”… Saco  mis notas, todo muy organizado por si me vuelven a llamar desde Zona Educativa.

Salgo rápidamente de este padre que me dice que me  acusará en la Zona, que tiene un conocido allá. Yo tranquilo, confió en mi profesionalismo. Es receso y voy a desayunar, pero un “profe” me interrumpe, es una estudiante me pide 600 bolívares porque tiene hambre y no ha comido desde ayer. Esta realidad me afecta y saco un poco de dinero para ayudarle. No es que tenga mucha solvencia económica, pero igual tengo comida, esta niña debe comer. Recuerdo  que me deben los aumentos que Maduro ha decretado (gritado), los planteles educativos tienen muchos problemas y casi todos son por falta de recursos. A pesar de todo me siento feliz, esta niña ha comido algo.

Paso por Control de Estudios, el coordinador me indica que me prepare para las reparaciones y me pide que le entregue exámenes para la remedial y que arregle las acciones para la “Batalla contra la repitencia”. Me imagino en julio cansado por todo un año de trabajo, primer examen de reparación y que los chicos no estudien, debo explicar de nuevo todo el año para que presenten la remedial, de quedarles otra vez pueden ir a Zona Educativa donde seguro me interpelan porque la culpa de que no pesen es mía, ellos no ven que fue que el alumno no quiso estudiar en todo el año. Tendremos que hacer un tercer examen y si aún no pasa me debo preparar con otra estrategia para que no repita y pase la “Batalla contra la repitencia”. ¡Dios! ¿Qué mensaje les damos a los muchachos? ¿El de ser conformistas, unos ignorantes que así no sepan nada van a pasar?

VEA: Será la batalla por la sinvergüenzura:

Pienso que educar es mi vocación, lo hago con pasión. Recuerdo con cariño esa época en la que educar era un acto admirable, que si me portaba mal mi papá me regañaba y no le llegaba reclamando al profesor. Esa época en la que tenía que estudiar para pasar, no que el gobierno obligaba indirectamente  a los profesores a pasarnos. Esos años  en los que tenía que ir a clase porque si faltaba me podía quedar el año. Ahora el colegio es para algunos padres una guardería, el lugar donde el profesor ataca a su hijo, el lugar donde pago (así sea una miseria) para que mi hijo tenga 20 puntos. Entre el Estado que nos cambia a cada rato la forma curricular y las familias desubicadas los días pasan con un sabor amargo, gracias a Dios estas cosas son mínimas ante la sonrisa de los estudiantes.

He intentado retirarme varias veces de esta rama pedagógica, pero, mi vida va al lado de los jóvenes, sus risas me impulsan a formar mejores ciudadanos, espero en algunos años ver a los mejores abogados, los mejores médicos; en general, ver una mejor ciudadanía formada en principios y valores. Sí, desearía que esta hermosa profesión sea mejor valorada tanto económicamente como reconocida por su valor a la sociedad. Tengo la “frustrachera” de no mover muchas variables, de depender de un ministerio que al parecer da cargo es por el partido político y no por el profesionalismo; veo a mis profesores que han dedicado su vida en los colegios afiliados a la Asociación Venezolana de Escuelas Católicas (AVEC) y me da miedo llegar a estar como ellos, con más de cuarenta años educando y sin una jubilación.

“Educar es un acto de amor”, dijo Paulo Freire. Yo lo apoyo y me quedo con esta “frustrachera” deseando que sigamos formando grandes ciudadanos. A veces me canso, a veces tengo miedo; sin embargo, recuerdo el lema con el que me educaron “Somos excelentes porque somos exigentes”, y aquí seguiré.

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