El tabú de ser homosexual en la tercera edad

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La sexualidad es y ha sido una de las áreas del comportamiento humano más desconocida y en la que aún prima muchas veces la anécdota sobre el conocimiento científico. Y si esto es cierto a cualquier edad lo es, especialmente en personas de edad avanzada. La mera existencia de manifestaciones sexuales de cualquier tipo en los ancianos es sistemáticamente negada, rechazada o dificultada por gran parte de la sociedad.

Por Merwin Ponce

@jjponce_alterno

Los hallazgos en las investigaciones sugieren que las relaciones homosexuales son similares a las relaciones entre heterosexuales. El psicoanalista M.P. Feldman, a propósito de esto, comenta que a pesar del estereotipo de que los homosexuales en particular encuentran difícil formar relaciones y que sólo se interesan por uniones sexuales casuales, la realidad es diferente. La mayoría de los homosexuales, en general, buscan relaciones a largo plazo y que sean significativas, por lo que en ese sentido difieren un poco, a nivel cualitativo, de las deseadas por los heterosexuales.

A pesar de no existir tantas diferencias entre los diferentes tipos de orientaciones sexuales, la realidad es que la acción de salir del clóset, es decir, el hecho de que una persona se declare abiertamente gay, lesbiana o bisexual ante su familia, amigos, compañeros de trabajo, y demás personas en sus círculos cercanos, es realizado a veces por el deseo de que su orientación sea aceptada y por aceptarse a sí mismo en muchas formas. En ese momento, los familiares y amigos cuentan con tres opciones: la aceptación, la preparación para asumirlo y el rechazo. Cuesta imaginar cómo puede ser este tema en adultos que se encuentran entrando en la etapa de la vejez.

En nuestra sociedad existe un escaso conocimiento sobre este tema, incluso dentro de los profesionales sanitarios. Las creencias y conceptos erróneos se manifiestan incluso en las historias clínicas donde no se recogen datos sobre la actividad sexual. Esto, explicado erróneamente en algunos casos, por el supuesto de que los ancianos son sexualmente inactivos; y en otros, debido a la incomodidad de formular las preguntas o el temor de no poder responder adecuadamente a las dudas que plantee el paciente mayor en este tema.

Este es un tema que frecuentemente se habla desde la perspectiva adolescente, y desde la problemática que representa para estos la identificación con la orientación sexual que les sea más cómoda, la aceptación por parte de los padres, etc. Pero no es un tema muy investigado en adultos mayores y en parte debido a la imposibilidad de imaginar a nuestros abuelos teniendo relaciones sexuales o incluso sentimentales en general. Es cierto que las personas adultas también tienen necesidades que atender, necesidades de enamorarse, de sentirse útiles, de ser tocados y mirados, o de volver a tener una nueva pareja. También de tener sexo y posiblemente con las mismas ganas que pueda tener un adolescente en el medio de toda esa revolución hormonal.

En una sociedad que está envejeciendo progresivamente, la sexualidad debería permanecer en una dimensión afectiva, sentimental y relacional durante todo el curso de la existencia, en el respeto del cuerpo y a los aspectos peculiares presentes en cada fase de la vida.

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En la sociedad contemporánea el anciano, por el hecho de serlo, presenta más indefensión, y en el plano estricto de la sexualidad, la sociedad también le es hostil. En efecto, el proceso de envejecimiento da lugar a una mayor fragilidad orgánica, a un aumento de la vulnerabilidad frente a las enfermedades y en general a cualquier tipo de agresión. Además, el proceso de envejecer se caracteriza por ser la única edad que no introduce a otro ciclo de la vida y por ser el momento más dramático de la existencia: la etapa de “las pérdidas” y de “los temores”. Pérdidas de todo tipo que se producen en esta etapa de la vida: del papel productivo, de la capacidad laboral, posibilidad de perder la pareja, los amigos, los hijos, disminución de eficiencia física y de la independencia psicológica, etc. Aunado a esto predominan los efectos de factores fisiológicos y sociales como la autopercepción del atractivo sexual, el acceso a tener una nueva pareja, la viudez, la dificultad para acceder plenamente a la intimidad que termina en cese de la actividad sexual, en muchas ocasiones, el efecto de algunas patologías médicas e incapacidades, incluso para poder sostener o iniciar el acto sexual.

Por lo tanto es incorrecto seguir considerando al anciano como poco interesado en la sexualidad o con escasa actividad sexual. Se puede encasillar como “ageísmo” o “sexismo” la actitud de la sociedad y de los profesionales de la salud que no quieren reconocer esta realidad. Con una mayor formación académica de los profesionales sanitarios y de la sociedad en general, junto con la realización de programas de educación sexual para los ancianos, se lograría una mayor sensibilización hacia estos aspectos olvidados de los mayores, contribuyendo directamente a una mayor satisfacción y bienestar de muchos ancianos.

De la vida sexual de los ancianos sabemos muy poca cosa. Pero hoy podemos decir que “no hay un límite cronológico después del cual la vida sexual desaparece”. Por lo tanto, el primer paso para una consideración ética sobre el papel de la sexualidad en la vejez pasa ineludiblemente por reconsiderar estas actitudes que, ocultando la existencia del problema, dificultan enormemente su remedio.

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