Economía de Tripas Corazón en Venezuela

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“Ya dejamos las tripas en la calle”

Recientemente el presidente venezolano Nicolás Maduro dijo que el gobierno estaba haciendo de tripas corazón para pagar sueldos y beneficios económicos a los trabajadores, pero ese esfuerzo lo ha hecho la población desde hace bastante tiempo.

Ingrid Orjuela

@ingridpilar

La baja en los precios del petróleo de los últimos meses ­dio una buena excusa al gobierno de Venezuela para justificar su poca disponibilidad de recursos para el normal desenvolvimiento de la economía del país y para decretar la emergencia económica.

A principios de febrero, el mandatario confesó que estaba “haciendo de tripas corazón” para pagar sueldos, salarios y pensiones e hizo un llamado a que en momentos “de tormentas y de dificultades, la familias tienen que unirse (…) sin distingo de clase, de ideología, de razas, de religiones” y pidió “unión nacional para afrontar esta tormenta”.

Este exhorto a la población fue para muchas familias como lluvia sobre mojado e incluso causó malestar, pues los esfuerzos y la unión para sortear la crisis es desde hace mucho la tabla de salvación para las familias venezolanas que deben turnarse en las largas colas por obtener alimentos y productos de primera necesidad de acuerdo con los días que se les permite comprar por su terminal de cédula de identidad.

“¿Hacer de tripas corazón? Si ya dejamos las tripas en la calle, con las filas de varias horas que debemos hacer para poder comprar comida, con los sacrificios que hacemos día a día. Esto de vivir en Venezuela se ha convertido en un deporte extremo”, comentaba Dilia Sánchez mientras esperaba a las afueras de un supermercado en el este de Caracas. Rogaba que la mercancía alcanzara hasta que llegara su turno de entrar, una espera que por su experiencia no sería de menos de tres horas sin contar el tiempo adentro para pagar.

En casa de Sánchez tres personas devengan salario mínimo, que aumentó esta semana 20% por decreto presidencial (pasó de Bs. 9.649 a 11.578 bolívares), pero solo dos de ellas obtienen el beneficio del ticket alimentación, que también fue incrementado en la base de su cálculo, al pasar de 1,5 unidades tributarias a 2,5 UT, lo cual dobló el monto asignado (de 6.750 a 13.275). Aún con estos aumentos, esta familia no cubrirá sus requerimientos alimenticios, solo representará un leve alivio al gasto de su tarjeta de crédito, pero es consciente de que la inflación se devorará ese aumento. Con indignación habla de cómo han tenido que cambiar los hábitos alimenticios de su familia y por ende como ha mermado la calidad de vida en su núcleo. “Salir a pasear es prohibitivo para nosotros que gastamos todo en comida, en la poca que conseguimos porque además trabajamos y a la hora en que salimos ya no se consigue nada. El paseo es los sábados que salimos a recorrer supermercados, cada fin de semana vamos a diferentes zonas de la ciudad, ¡imagínate! Ese es nuestro paseo. El lujo que nos damos es seguir teniendo nuestro perro”.

Sobre este tipo de esfuerzos que hace la población, Luis Pedro España, sociólogo e investigador de la pobreza en Venezuela, explicó que al hacer una comparación del consumo en 2012 con 2014 –el último año que el Instituto Nacional de Estadística publicó información al respecto–, el de cereales cayó 8% en términos globales y en ítems específicos como la harina de maíz precocida el descenso fue de 21%, en las pastas de 13%, en carnes la caída promedio es de 4%, la mortadela cayó 10% (una de las proteínas más baratas en el país). En el caso de los lácteos, la caída de la leche en polvo es de 17% y en la leche líquida pasteurizada de 11%. El especialista aclara que aunque no se conocen cifras de 2015 porque el INE no siguió publicándolas, tomando en cuenta la inflación de 2015 se puede deducir que la merma en el consumo se ha agudizado.

Una estafa constante

El esfuerzo “de tripas corazón” también la hace la población al momento de pagar por lo que se consigue. El sobreprecio que cobran los revendedores puede alcanzar hasta 1.000%, según sondeos de los medios en los mercados de vendedores informales. “Vivimos en una estafa constante”, se queja Julio Cedeño, quien asegura que en un supermercado del suroeste de Caracas le cobraron 195 bolívares por la harina de maíz que tenía marcado en el paquete un precio de 19 bolívares.

“¿A estas alturas Maduro habla de que hay que hacer de tripas corazón? Será que apenas él está empezando a hacerlo porque nosotros tenemos mucho tiempo haciéndolo”. Dice Ana Domínguez también en la cola a las afueras de un supermercado. Aunque ella y su esposo se benefician de los aumentos de salario y bono de alimentación, considera que no es la solución a los problemas económicos del país. “Con estas alzas solo va a seguir disparando la inflación, tiene que sincerar sus políticas y buscar las maneras de acabar con la especulación, no fomentarla. ¡Ya basta”.

Adaptación negativa

El analista Eduardo Trujillo Ariza escribía en un artículo en el diario El Universal sobre la adaptación del venezolano a la crisis, como parte de su mecanismo automático de hacer de tripas corazón y seguir adelante, pero observa efectos negativos en esa capacidad de ajustarse a la situación: “El venezolano es un individuo con gran capacidad de adaptación, pero partiendo de la dimensión negativa de dicha condición, señalada como defecto. Sobre este punto, debo resaltar que el conformismo, la pasividad ante lo injusto y lo ilegal, la aceptación silente de la mediocridad, entre muchas otras cosas, son señales que la capacidad de adaptación del venezolano hoy en día adquiere una connotación negativa que nos ata al atraso y nos aleja del progreso”.

Esa capacidad de adaptarse y hacer de tripas corazón incluye casi todos los aspectos de la vida diaria: desde lo que se consume (y cuánto se consume), lo que se viste, el escaso entretenimiento y, más grave aún, la salud, que se ha visto comprometida para una parte de la población que no consigue los medicamentos para sus patologías.

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