LA PISCINA – LA PERSISTENCIA DE LA MEMORIA

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“La Piscina” es una película sobre la incapacidad física y emocional, y ante ello se plantea la interrogante del espacio que habitamos como propulsor o freno de intenciones.

Por Daniel Dannery

Por @ddannery

El Cubano Carlos Machado Quíntela, filma su opera prima con el apoyo de Venezuela, CNAC, Villa del Cine y Alter Producciones. Junto con el ICAIC y la EICTV, lograron llevar a cabo en el año 2011 este proyecto personal del realizador habanero. El film tuvo sus pasos por festivales internacionales, como el estreno mundial en la Berlinale, y cosechó algunos premios en la Habana, Marruecos y Miami.

Su estreno llegó con cuatro años de retraso a nuestras salas, y lo hizo sin pena, ni gloria, principalmente por la terrible mala administración de mercadeo publicitario que tiene Villa del Cine para con sus piezas, ¿valía que se le tratara con tanto desinterés? Veamos.

Machado en el 2011 llega con cierto tino a la nuevas formas del cine autoral, aquellas propuestas en oriente, impulsadas por cineastas como Apichatpong Weerasethakul y Tsai Ming-Liang, realizadores que reformulan la Nueva Ola francesa en un ejercicio neobarroco donde el proceso antropofágico de apropiación cultural, para con forma y contenido, nos han entregado un cine minimalista, contemplativo, en algunos casos poético, y carentes en muchos casos de la palabra, como forma de comunicación, el planteo de las emociones y de las sensaciones a través de la observación (algo también heredado del cine de Antonioni) son la piedra angular de un cine que también tuvo y ha tenido su éxito en los nuevos realizadores latinoamericanos, tal es el caso de Carlos Reygadas, Rodrigo Moreno o Adrián Biniez, por nombrar solo algunos.

En este sentido, Machado explora lo que el cine cubano no había hecho hasta el momento, y a partir de este ejercicio de estilo firma una obra de cámara, que se aleja (en apariencia) de los temas recurrentes del cine cubano.

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“La Piscina” es un espacio de encuentro donde el tiempo parece no pasar y donde la vida se va de las manos ante la mirada inerte y poco activa de sus protagonistas, cuatro adolescentes que bien adolecen; no solo de enfermedades congénitas o mutilaciones, si no de una apatía propiciada por el entrenador de natación, un hombre que al parecer tuvo un pasado exitoso como nadador profesional, pero que en el presente, las cosas le van un poco distintas.

Es una película donde la exclusión en un rasgo general desde cualquier punto, la piscina funciona como un catalizador para que la rutina se masifique, en un espacio donde la tensión, a pesar de la supuesta tranquilidad, está a flor de piel, porqué este centro de entrenamiento es compartido, y cuando los “normales” afrontan el espacio, hay un quiebre en el “status quo” donde estos cuatro adolescentes deben abandonar el sitio relegados a una polarización propiciada por una conducta que es ante todo social.

Hablamos entonces de dos grupos. Uno inconsciente de sus capacidades como seres humanos, otro consciente de ello, pero incapaz, a su vez, de integrar. En este sencillo juego de puesta en escena, Machado logra exponer una intención ideológica con ciertas características políticas que definen a su país, y por añadidura al nuestro. La crítica contundente está sobretodo en la falta de exigencias para con la vida. Verla pasar mientras se mira el cielo, o mientras se está sentado al borde de una piscina, o mientras se juega al nado, porque la idea de entrenamiento resulta muy aislada de esa sensación, de no haber razones objetivas para la existencia, ni objetivos para llevarla a cabo.

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Quizás la película excede en sus pretensiones formales, el abuso del plano general, a veces compensado con un plano medio, para remarcar cierto distanciamiento y poner en activo las capacidades del espectador a la hora de contemplar en la naturalidad de sus secuencias esta idea que he expuesto, pero tiene a su favor los escasos 65 minutos de duración.

Aunque un espectador culto en sus primeros minutos puede reconocer fácilmente sus referentes y el camino por donde transitará la historia, el espectador común la verá como un cúmulo de escenas donde nada pasa, y es que para ser justos, al menos a simple vista, esto es una realidad. Pero la nada, a veces también es una excusa para reflejar nuestra realidad, donde las quejas como motor de nuestros deseos, no propician ese principio fundamental de la física que es la dinámica, y donde la docilidad ante el abuso es parte de la cotidianidad.

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